Para no olvidar...

Todos los seres humanos nacemos siendo originales y únicos. Lamentablemente muchos mueren copias. A.L. - Haz lo tuyo, siempre.

jueves, 17 de marzo de 2011

Dos horas en mi Medellín


Mi ciudad, Medellín, es un paisaje único con aroma a montaña escaso de encontrar, conocerlo es fácil por la comodidad de su transporte público como el Metro. Sistema de transporte masivo que está cerca a la mayoría de centros culturales, parques y sitios de interés de la metrópolis.

Y sí, la mayoría de ‘eafitenses’ estamos metidos en unas burbujas de cristal, otras de teflón… unos más profundos que otros, vivimos en un mundo aparte del caos del centro, de su polución, de la contaminación auditiva y visual de las calles más antiguas, colmadas por miles de transeúntes de toda clase social, porque sería el colmo agregarle más a lo que nuestra propia sociedad le brinda al atestado cerebro. Avenidas rodeadas por una mayoría de personajes espléndidos que agobian la sociedad colombiana: ‘el vendedor’. Un trabajador incansable que vive en las laderas de la ciudad pero que debe viajar al centro ya que este es su vida, su entorno, su paisaje, su verdadero ‘yo’.

Dentro de las visitas que he hecho en mi vida, normalmente obligada, para conocer mi ciudad, se encuentra el Jardín Botánico, la Universidad de Antioquia, entre otros… Pero ninguno como el Centro de Medellín. Ningún lugar del mundo puede reemplazar el paseo Junín, padre, señor, amo y maestro de las tardes de miles de señoras jubiladas dedicadas a “juniniar”. ¡Ah! Es que en Carabobo no hay ‘Caminito argentino’ que valga.

Afortunadamente en varias oportunidades he visitado el centro. Comprar dos tiquetes para la ida y el regreso. Antes de pasar el tiquete en el tubo que permite la entrada, siempre se demora lo suficiente como para que el cuerpo se quede engarzado o se detenga de un golpe reaccionando así en que aún no ha terminado de “leer” el tiquete. Introducirse en el calor y los olores de un vagón que parece no funcionarle el aire acondicionado. Contar las estaciones restantes, tratando de olvidar la cercanía del cuerpo de otras personas por el poco espacio. Una voz femenina y “regañona” entona claramente lo que mi cuerpo debe hacer o no durante el recorrido, la cual se supone me debe ayudar a bajarme en la estación más acertada pero que normalmente nunca se le entiende a menos de que sean frases de respeto, “cómo y a quién donar la silla”, entre otros elementos que caracterizan a la famosa ‘cultura Metro’. Industriales, Exposiciones, Alpujarra, y finalmente: “Próxima estación San Antonio”.

Descender las escaleras de la estación y luego darse cuenta de la rara sensación que el cuerpo tiene, un entorno que le ha hecho cambiar la actitud, sólo es posible en el centro. La sensación de estar en otra ciudad, la apertura de una puerta tan original y única que su más ligera descripción alcanza a descifrar los secretos de su entorno.

Cerca a la estación Parque Berrío se encuentra el Palacio de la Cultura, sin embargo es más divertido el camino a esta gran edificación que introducirse en su estructura misma. Primero debemos pensar que cada estación del Metro tiene mínimo dos salidas, que comunican a dos calles muy diferentes y que son difíciles de manejar, más cuando el calor y el cansancio abruman.
Si existen plazas con mercancía, intercambio de dinero por bienes y servicios de todo tipo, el Parque Berrío le gana a todos. Una gran cantidad de empleos informales cubren una a una las aceras de este punto de encuentro. Un mercado de informalidad del cual viven cientos y cientos de ciudadanos, que a pesar de la poca utilidad que para muchos representa es la única solución para subsistir, aunque no para vivir. Ahí, en ese entorno, viendo a estos personajes tan colombianos, tan míos, tan tuyos, es que surge la pregunta ¿Igualdad? ¿De qué y para quiénes? De qué sirve la belleza y reorganización de un Palacio de la Cultura mientras las personas tienen tantos problemas económicos. ¿Será tal vez una llave para anexar en el llavero que va directo a los extranjeros que visitan comúnmente nuestra Medellín? O tal vez para poner en las cifras que Medellín está sufriendo una transformación cultural sin importar que la gente se muera de hambre.

Ancianos apostando, señoras vendiendo minutos, ‘chiclets’, juguetes y cualquier otra cosa que se nos venga a la mente también estaba ahí a precios del “Hueco”, a precios de “ganga”, a precios de barato. Cabezas de familia con miles de bocas detrás que deben alimentar, deudas o como ellos las llaman “culebras para pagar con el camello”.

Luego de ubicarse por medio de edificios y hoteles típicos como el Nutibara o el Coltejer, se logra ver la silueta de un edificio tan aburrido como su perfección.
El Palacio de la Cultura tiene un silencio ensordecedor, agobiante, escalofriante y a la vez aburrido. Sus miles de puertas, ventanas, pasadizos, cuartos con diferentes funciones lo hacen ser el típico museo en el que todos debemos caminar al mismo ritmo para no despertar a los muertos y sus almas.

Finalmente, después de un larguísimo recorrido de cuadros, letras, historia y bostezos subimos a la azotea, un lugar tan mítico como maravilloso, lleno de secretos que eran gritados a tus oídos a medida que se subían las escalas en forma de caracol de una torre que parecía encantada, mágicamente antigua y alta. Sus escalones confundían al cerebro cuando se iba en la mitad. El último abrió la puerta hecha como para otro tipo de humanos con menos de un metro de altura porque nuestras cabezas debían casi tocar las rodillas para lograr entrar y ver un salón encerrado en sí mismo, convertido por la modernidad en un cine.
De esta visita sólo queda una idea que aún me sigue sonando: esta no es la verdadera ciudad, la verdadera está allá afuera con el calor, el hambre y el “mercado agáchese”, “todo a mil”.

En otra ocasión visitamos el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia. Un espacio con unas cualidades que ayudan mucho a la comunidad que tiene alrededor, así su director, Carlos Uribe, se dedique a hacer política en las visitas guiadas diciendo que “Sergio Fajardo, se inventó la idea de los Parques Biblioteca”. Que Medellín se haya apropiado de estos parques y este ex alcalde los haya planteado en su plan de gobierno es diferente a que se los haya inventado. Bien lo dice la página web de la Red de Bibliotecas en Medellín www.reddebibliotecas.org.co: “Medellín se apropia de los Parques Biblioteca”.
A pesar de esto, el trabajo que este Centro de Desarrollo Cultural está haciendo en la comunidad es organizado y ya ha producido sus frutos. Miles de habitantes del barrio Moravia, ubicado en la Comuna 4, se inscriben a los talleres y programas dictados gratuitamente en este centro del aprendizaje, ya que uno de sus objetivos es capacitar a las personas en diferentes áreas de la demanda laboral para que tengan más y mejores oportunidades a la hora de entrar en un mercado de mano de obra. Principalmente se ven madres cabeza de familia como público objetivo o target, ya que el abandono de los hogares por parte de los padres es muy común en este entorno.

No obstante, a partir de todo el trabajo que estos líderes hacen en esta comunidad, los problemas no se pueden ocultar ni evitar. Por ejemplo, uno de los más notorios cuando se visita el Centro Cultural de este barrio, es la gran cantidad de niños y jóvenes que están en el centro sin ninguna actividad específica, debido a que ya salieron de los talleres o de las clases y el hogar no es un espacio ni interesante, ni tranquilo para vivir, es más bien una unión de paredes porque un ‘hogar’ va más allá de la infraestructura y se introduce en la educación más mínima: el ejemplo.

Dos horas en cada sitio, dos en el Palacio de la Cultura y dos en el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia me presentaron otra realidad, un préstamo de otros ojos para ver qué se siente ‘ensuciarse los zapatos’ y dejarse asfixiar por las carencias de un pueblo que clama, de unas estructuras sociales muy bien formadas y características de nuestra ciudad.

La oportunidad siempre está ahí para usted, para sus hijos, para sus amigos, para todo aquel ciudadano que decida ser honesto consigo mismo y visitar la realidad de su pueblo, de su urbe. La realidad de un mundo tan único y paisa que sólo puede ofrecer un Medellín hecho más que con amor, con sudor, con pujanza, con un toque de fe y confianza.

viernes, 11 de marzo de 2011

Amalia Londoño, un tote apasionado


Esta es una historia
de cómo la pasión
se come al mundo.

Un espectro traducido en una dulce y joven voz proveniente de Medellín, Laureles es sólo una de las herramientas que hacen de Amalia Londoño Duque un personaje especial e interesante.

Ella es colombiana, es paisa, es hija, es comunicadora, una amante de la vida. Una inspiración de novatos estudiantes de primer semestre, eafitenses, a los que les dicta clase, que apenas leen el ADN con sus caricaturas y creen estar lo suficientemente sabios sobre la actualidad y las políticas del país.

Un día en los que comienza un mes, un primero de Marzo, en su segundo hogar café, típico de una cabina radial, comienza su rutina periodística en las oficinas de Caracol Radio Medellín, específicamente en la W Radio.

Su llegada al trabajo fue toda una odisea, la venta de su vehículo le hizo tomar un bus y con él todas las inclemencias del servicio público en Medellín. Malos olores invaden su olfato, se da cuenta que fue un error haber elegido los tacones en la mañana y aún le falta devolverse.

Un poco de trote en las madrugadas no cae mal para la salud cuando su cuerpo logra despertar del corto sueño de cuatro o cinco horas que el insomnio no logra quitarle, aunque después de una hora levantada se le haya olvidado que tiene “el mejor colchón del mundo”.

Dentro del tiempo que tiene para elegir qué vestir, lee un poco, alguno de los tres libros que normalmente mantiene sobre su mesa de noche. Lee uno en la mañana y casi siempre, en la noche lo está odiando, así que toma el otro. Además la televisión es un adorno más de su habitación porque cuando duerme escucha todas las cuñas de la emisora en su cabeza y sería “patético” añadirle comerciales de televisión, así que ni lo prende…

Son las dos de la tarde y nuestra protagonista ya se encuentra sentada en la silla de computador, un poco retráctil, donde comienza a jugar con las puntas de sus tacones amarillos ocre que combinan casi perfecto con su bolso, ambos de Bon-bonite.

Su cabellera carece de negro, se dilata entre un color café y un amarillo ocre artificial que se logra con estar dos horas en la peluquería. Los rasgos de su cara son tan finos como firmes, tienen un toque de nobleza, un toque de perfección, un toque de cuestionamiento. Su figura es delgada y cuidada, sus uñas, aunque cortas, se encuentran invadidas por un color poco convencional al rosado natural, el verde plano, fuerte, tal vez es uno de los pocos puntos de color que se encuentran en la cabina.

Sus ojos color miel agobian la pantalla de dos computadores, un máster gris, un micrófono, un televisor, un Smartphone y unos cuantos crucigramas. Eso sin contar los tres canales que marcan los ‘jingles’ y los tiempos de entrada al aire con Bogotá, además, de la cantidad de ventanas de Internet Explorer que se encuentran abiertas en el segundo computador con diferentes medios digitales, noticias, redes sociales como Facebook y Twitter en las que gasta el doble de tiempo de lo que ha vivido en años. Una vida digital que la agobia, la enamora, la libera, la asfixia y la enoja.
Extensiones del cuerpo tan adictivas como necesarias para su profesión periodística. Medios mediante los cuales expresa sus días sin importar la polémica que cree, aunque eso en el fondo le encante y le dé sazón a lo que escribe en su Twitter. Sazón de no tragar entero, de opinión, de criterio resumido en 140 caracteres que dicen más de ella misma de lo que quisiera, más de lo que en una exclusiva podría contarnos.

Ni hablar de su blog en El Espectador en el que la presentación, escrita por Héctor Rincón describe que: “Un tote es un juego de pirotecnia que chispea sin tregua. Amalia Londoño Duque es un tote que va por la vida mirando y hablando a la vez; mira y habla de lo que mira; lee y habla de lo que lee; habla y habla de lo que habla. Un tote. Ella misma se reconoce intensa y tiene que serlo para hacer todo lo que hace…”.

Amalia es una mujer con mucha energía, con malicia indígena que enamora a muchos hombres aunque no la conozcan ni en fotos. Tiene una voz que encanta serpientes. Con sólo un año en W Radio ya le llegan mensajes de enamorados invisibles, indescifrables y atrevidos, que con esmero le escriben poemas, líricas y otro tipo de cosas que no están dentro de un género determinado, ni mucho menos encajan perfecto dentro de las figuras retóricas pero que son letras inspiradas en ella, en esta ‘su’ musa, en la periodista joven con voz grave y paisa que cada día se escucha en Medellín en los 90.9 FM.

La bandeja de entrada de su correo electrónico Gmail está agobiada inclementemente aunque la hubiese revisado la noche anterior, la mañana que le sigue a esa noche y en otras dos o tres ocasiones después. Mensajes de todo tipo son clasificados en sus carpetas o en el peor de los casos en la papelera de reciclaje, donde normalmente terminan el 50% de ellos por ser cadenas, 'spam', o campañas descabelladas. La apertura reciente del correo electrónico de su madre rebosa los primeros mensajes y ocultan los importantes (de trabajo), así que esto le molesta y la enferma, tener que eliminar cuanto ‘correo basura y cadena estúpida’ haya.
La cantidad de ‘clics’ que suenan por segundo superarían cualquier record mundial, pues en radio el tiempo es corto y para Amalia es oro.

La canción que caracteriza al programa, ‘La Hora del Regreso’, se deja rodar y Amalia comienza a organizar las noticias que dirá al aire. Además de su inmenso conocimiento sobre actualidad, literatura y cine, su personalidad arrolla el micrófono, así cuando menos se piensa está en plena conversación al aire con millones de colombianos, su mesa de trabajo, la mesa de trabajo de Bogotá y ella misma.

La apasionada “Amalú”, como le dicen sus amigos más cercanos, interviene en las conversaciones que vienen en unas ondas de la capital colombiana hasta la capital antioqueña y viceversa.
La voz de un amigable señor invisible la saluda por un canal interno que no disimula el acento ‘rolo’.

Una manera especial y sensata de tomarse la palabra o en otros casos de responder a la típica frase: “Amalia en Medellín…” en la que su compañero en Bogotá espera ella haga una entrada perfecta, normalmente supera las expectativas de la información requerida. Una mezcla de fonemas, vocalización, rapidez mental, tiempos precisos, entonaciones perfectas y una que otra risa se convierten en las intervenciones de Amalia en un brillo con luz propia.

De lunes a viernes, esta periodista pasa alrededor de siete horas en una cabina radial que no tiene ventanas. Sin embargo, Amalia Londoño logra pintarla de colores y ponerle unos ventanales gigantes que tienen una vista única y personal, pero este ejercicio solicita el doble de energía e imaginación que normalmente no tiene por las pocas horas de sueño que tuvo la noche anterior gracias a la cantidad de información que agobia su cabeza cuando el día llega a su conticinio.

Son las cinco de la tarde y la publicidad con imán de los domicilios hacen brillar sus ojos. Una decisión difícil entre salpicón, pastel, sándwich, derretido… que intensifica su creatividad cuando logra salir de la cabina café y la convierte en un paisaje hermoso y fresco con olor a pino.

Poco a poco Amalia, se come el mundo a mordiscos con dos tasas de sonrisas, tres de conocimientos y un balde pasión. Para aquel que no sepa que es la pasión, que nunca la haya sentido (aunque debe estar muerto en vida) o que simplemente la relaciona con algo sexual, la pasión es el sabor de la vida, es lo que hace a esta mujer levantarse a trotar, leer, escribir, dictar clase y aún así conversar con el país sobre lo que está viviendo con una sonrisa encima.

La apasionada “Amalú”, un necesario pero escaso personaje.

jueves, 17 de febrero de 2011

“Puede que viva, puede que no”

En honor a mi madre,
por enseñarme a vivir
fuera de burbujas de cristal.


Los doctores, los conocidos, las páginas web y hasta mi familia lo llaman cáncer de mama, para mí era un enemigo insufrible que quería robarse al ser más preciado de mi vida, pues no sería raro ya que en Colombia es la principal causa de muerte en las mujeres entre 45 y 59 años.
Tal vez estaba muy pequeña para entender lo que clínicamente le sucedía al cuerpo de mamá. Sin embargo, gracias a sus explicaciones perfectas para una niña de diez años, entendía lo que podía pasar, las consecuencias, lo que era bueno que sucediera y lo que no.

En enero de 2003 mamá fue a su examen de control anual, de esos que todos nos debemos hacer pero que pocos cumplen las citas. Pues mamá era una de esas pocas juiciosas que interrumpía el trabajo y separaba su agenda de papel con una letra firme y negrita cursiva que decía: “Cita Médico”. Lo que no sabíamos es que ése examen, a diferencia de otros, iba cambiar su rutina de vida y a la vez la mía, la de su hijita consentida y única que no hacía más que estudiar y usar aparatos de ortodoncia.

—Yomaira tienes carcinoma de mama, con un desarrollo agresivo en un año. Y para un desarrollo agresivo, un tratamiento agresivo—.

Ese fue el diálogo del médico Carlos Mario Hurtado dando la gran noticia en nombre de la EPS Comfenalco. Un silencio turbulento e incómodo agobió el consultorio que ya había sido testigo de más lágrimas que sonrisas. El obstetra, ginecólogo, oncólogo, creo que hasta plomero debe ser el señor, le dijo a mamá que saliera, lo asimilara y luego entrara de nuevo. No faltaron ni un tono más imperativo, ni un tono más intenso o reiterativo para que sus piernas aún hermosas caminaran hacia la silla de sala de espera. Las mejillas de mamá se encontraban tan húmedas como las piedras que se mojan constantemente y son hasta lamosas. Su iris del color de las bellotas se asemejaba a los destrozos que deja el invierno en las vías colombianas, se lograba ver su alma como el pavimento fracturado por aguas nunca canalizadas, de esas que cada diez años recuerdan su cauce antes cambiado y destruyen todo a su paso. Un vacío sudoroso humedecía las manos de la mujer que me enseñó a pensar diferente, con un toque feminista, un toque revolucionario, un toque de malicia indígena, un toque de ingenuidad.

Si me preguntan cómo describiría a mi madre, inmediatamente haría un símil con el comercial del Ejército Nacional, ese que habla de que los héroes en Colombia sí existen. Su alma está escrita con tiza y borrador de profesor y su cuerpo, no es más que un cajón que le permite hacer realidad sus ideas en el desarrollo de software y la sistematización de la educación en diferentes instituciones de educación superior. De su cabello no tengo nada parecido a excepción de las pocas ondas que tiene en él, y ni hablar de la piel caucásica que cubre su cuerpo moldeado naturalmente que aún conquista a pesar de sus cincuenta y dos años. De estas y otras cualidades físicas yo no sacaría nada, pero creo que al abrir mis labios, una vez comandados por mi cerebro, parezco sin duda una mismísima copia de esta mujer caderona y apasionada. Y sí, digo ‘copia’ porque tal vez aún tenga una parte de mi corazón con toques de rosa superficial y gafas de Los Ángeles, que me impide comer alimentos feos y desborda mis más penosos defectos.

Mi Yomaira no tuvo ‘fiesta de quince’, no le pagaron la universidad, no tiene sus dos senos, aún así es ingeniera electrónica y es feliz. Desde sus diecisiete años ya trabajaba. A los 18 se casó, a los 18 se separó, luego vivió con mi papá 25 años y a los 45 años en el 2003 la vida la encaró con una abrumadora pregunta: ¿Vida o vanidad?

La caída del cabello dejaba cada vez más rastro en las almohadas y baños de la casa, si llovía, si no llovía, si se bañaba, si dormía, si se acostaba, si caminaba, no paraba nunca. Así que mi padre le pasó la máquina en su cabellera llena de pecas genéticas y otras producidas por el sol. Adiós a esa capa de café amarillento que cubría su cabeza, hola a las pañoletas, trapos, gorros y todo cuanto protegiera la dermis de su cerebro recién desnudado al astro más amado y peligroso: el sol.

¡Sin duda alguna mamá prefirió vivir! Independientemente de los cambios físicos y de los cambios en su día a día, como la relación con mi padre, mamá luchaba por no dejarme a la orilla de una familia que aunque me guiarían por buenos caminos no harían de mí lo que soy hoy. ¿Quién me explicaría factorización y ecuaciones? ¿Quién calmaría mi llanto la primera vez que me rompieron el corazón? ¿Quién me explicaría que la menstruación te hace diferente y más fuerte? ¿Quién caminaría conmigo por los mares del acné y el maquillaje? ¿Quién me diría que cuidara mi fundamento? ¿Quién me enseñaría a no llorar por niñerías? ¿Quién me enseñaría un mundo real y crudo lejos de belleza y dinero?

Sobre mi papá es poco lo que puedo decir, se comportó a la altura a veces, a veces no, a veces ni se comportó. Y hoy es más un papá de revista, de esos que los ves poco, siempre estás bien con ellos, sonríen y cumplen a veces con lo básico para sobrevivir en la universidad. Bueno al fin y al cabo no se debe robar el show de nuestra protagonista…

—Tres meses de quimioterapia, tres meses de radioterapia y luego operamos—.
Fue la sentencia del médico-plomero para un cáncer de grado 4B. Cuando hablamos de 4B no es la talla del sostén, sino el grado de desarrollo de la enfermedad, en donde el máximo es 5. Ya podrán imaginar ustedes la inmensidad de lo grave…

Cuando todo el tratamiento empezó mamá y yo tuvimos una importante charla:

—Yo tengo cáncer. Me van a hacer un tratamiento. Puede que viva, puede que no. Puede que dure mucho, puede que dure poco… Pero vamos a hacer lo que tengamos que hacer—.

—Pero vamos a hacer lo que tengamos que hacer—reiteré.

—Se me va a caer el cabello, me voy a cansar, me voy a dormir sentada. Y usted me va a ayudar y a acompañar—.

En ese momento mi cuerpo y mi pensamiento no sabían qué hacer, nunca he sido de las que le dan ganas de salir corriendo impertinentemente por cualquier situación, ni tampoco de las que la frase “¡Ay! Qué pesar” es partícipe de su vocabulario. Mi corazón sólo me decía que debía enfocarme en el estudio, como siempre, pero ser ‘la mejor’. Afortunadamente eso no ha sido nunca un problema para mí, lograba desde los primeros puestos, hasta el despido de profesores ineptos, que intentaban pagar sus frustraciones con mis sueños de comunicadora. Así que me refugié en el estudio y en la calma actitud de mi madre cuando me explicaba las situaciones futuras.

Lo irónico de esta historia no es como yo entendí que mamá estaba mal, o cómo ella tomó con calma algo que tenía un desarrollo ‘agresivo’, sino que a la mayoría de sus amigas y a una que otra hermanita hubo que consolarlas. Incluso tengo una tía que fue un mes después de enterarse porque no paraba de llorar y rezar, a tal punto, que ni a la cirugía fue. Mi abuela al enterarse lloró, no podía imaginarse que Yomaira, alias la ’fuerte’, estuviera tan frágil como una vasija de cristal. ¿Frágil? Si lo que tenía era un corazón repleto de ganas de seguir latiendo a 72 veces por minuto o más, sin importar que en los próximos primeros tres meses su cuerpo iba a ser intoxicado por una droga tan fuerte que aniquila a buenos y malos, células enfermas y células saludables, una a una se destruían y, a los otros tres meses la piel de su seno izquierdo iba a ser quemada por una máquina que parecía no tener piedad de una piel más que insolada, que no calmaba su ardor ni con leche de magnesia, ni con cremas, ni con sicología.

El día tan esperado por fin había llegado. Seis meses después mamá debía entrar a un quirófano espantoso y helado, lleno de azul e instrumentos debidamente desinfectados. La noche anterior a su cirugía tuvimos una charla crucial, sobre la muerte, sobre su muerte, sobre mi muerte después de su muerte.

—Hija, mañana me van a operar y me puedo morir en la cirugía—.

— ¿O sea que te puedes morir?— insistí desconcertada.

—Si yo me muero…— y comenzó la conversación sobre los temores más profundos y escondidos—…tiene que estudiar…—.

Seguir adelante, ser alguien en la vida fue en ese momento y es ahora mi fiel compromiso. Un compromiso sin contrato escrito, pero que al menor incumplimiento traerá grandes consecuencias.

La clínica Pontificia Bolivariana abrió sus puertas no sólo del quirófano para mamá, sino para todos a quienes nos importaba su salud. Cinco horas de cirugía se convirtieron en todo un día, cansado, añejo, difícil, esperanzador. Mi familia no paraba de regañarme por la cantidad de veces que había ido al baño, a caminar, a comer… ¡Pero por favor! Si tan sólo era una niña, ¿cómo pretendían que me quedase como una porcelana mientras abrían a mi madre por un costado y le retiraban los ganglios y otros elementos que tiene consigo el seno?
Nunca fui un bebé a la que le gustara tomar leche de la mama, pero sabía que aunque no me gustara esa leche, el seno es una parte importante del cuerpo femenino, hace parte de su sensualidad y esencia, además de que mamá podía morir por su mama.
El día se convertía en noche y de mamá no se sabía nada, mis piernas estaban acalambradas e inflamadas, mi cabeza no daba más conversaciones para distraer la tensión que se vivía en aquella sala de espera fría e insensible. Tantas cosas habían pasado por mi cabeza que sólo quería darle un abrazo a mi madre mientras ella me mirara con sus pequeños pero dulces ojos, sin embargo los ‘señores vestidos de blanco’ no entendían esa necesidad de verla ya, no entendían la agonía de la espera, no entendían que tenía tanta ansiedad que comía y comía así mi estómago me dijera que estaba al borde de una ruptura con mis otros órganos. Ardores estomacales, risas, preocupaciones pasaron de silla en silla, de cabeza en cabeza, de celular en celular.

Finalmente uno de los robots humanizados salió pudoroso de un corredor con puertas retráctiles y dio el grito de gloria.

—¡Familiares de Yomaira Londoño!— cuando iba en la última ‘o’ todos estábamos atentos a su elocuente discurso.

—La paciente despertó, en este momento se encuentra estable. Pudimos eliminar el quiste que tenía, no más grande al que teníamos pensado según los exámenes— todos sonreímos.

Una de mis tías hizo algunas preguntas de rigor. Y lo último que escuché me dio cuenta de que la espera continuaría

—En este momento se encuentra en recuperación—.

Mamá se demoró otras tres horas en abrir sus ojos conscientemente, se sentía cansada, agobiada, adolorida. De su lateral izquierdo se desprendía un tubo delgado pero consistente que llevaba dentro de sí una mezcla de líquidos y materia que el cuerpo eliminaba naturalmente. Sustancias que bajaban lentas pero constantes, densas, viscosas, llenas de sus genes, que llegaban a un recolector en círculo, que parecía un recipiente en el que las amas de casa depositan alimentos y loncheras, solo que este depositaba materia, sangre y pus de la cirugía.

Mamá salió con su corazón latente, sin verla yo ya lo sentía, sabía que no había dejado sola a su hija y seguidora, sabía que había luchado por estar ahí y para que yo hoy pudiera escribir sobre ella, sobre mi heroína. Su cuerpo quedará por siempre marcado, no sólo en la EPS como paciente terminal, sino marcado por una hazaña carnicera a la que sobrevivió gloriosa. Un abrazo firmó entre nosotras el contrato verbal y la promesa amistosa de siempre dar lo mejor, no rendirse fácil y utilizar a nuestro favor el poquito de suerte que cada ser humano tiene por el sólo hecho de existir.

lunes, 7 de febrero de 2011

De la primera vez que me enamoré y fué de un libro

Todo comenzó en una clase de ocho, cuando apenas comenzaba mi cerebro a despertar. Una 'sumita' de frío, aire acondicionado y una frase me reciben tormentosamente: "Por favor elijan el libro que van a leer y me mandan un 'correito'". Un correito de esos vomiticos. De esos que sabes que si escribes mal las tildes o la cagas eligiendo el autor clave o la obra clave, estás muerto.

Libros y libros, una división entre los que eran de autorías extranjeras y los que son puro corazón colombiano. La verdad es que debo admitirlo no me gusta Gabriel García Márquez como a la gente que he conocido, ni tampoco me interesa gastarle tiempo a lo que escribe, así que agradecí que no estuviese dentro de las opciones.
Luego vinieron las obras mas trilladas: Rosario Tijeras, Paraíso Travel... Obras que ya les conozco los finales y que seguramente me aburriría y acabaría por no leerlas.
Depronto se me iluminaron los lentes de contacto con mi amigo especial Gemán Castro Caycedo -digo mi amigo no porque lo conozca, sino porque amo lo que escribe, todo me gusta, todo me atrae, todo lo que leo de él tiene que ser de corrido- con Candelaria y a su vez Héctor Abad con Basura, ambos aprendidos a amar por profesores. Sin embargo, la alegría no era mucha y enserio necesitaba algo que me moviera, de lo contrario iba a presentar un trabajo mitad internet, mitad habladurías, mitad leído.

Y fue ocho días después que le escuché a una amiga varios nombres de libros que le gustaría leer: Candelaria, Rosario, Paraíso, La novia oscura y Las Chicas de Alambre.
Un grito lo dijo todo: "¡Ahhh! Ése es el que yo quiero leer", anoté.

Desde el principio todo se dió como el libro perfecto, y así lo fue. Me apareció en pdf. para no comprarlo -primer punto a favor-, 110 páginas -se ganó el round-, celebré porque tomé una buena decisión, en realidad eso me compró el alma inmediatamente.

Desde la primera letra hasta los últimos anexos, me enamoré y fué de un libro.

Así que si usted amigo lector de verdad es como yo, incrédulo, no perezoso con la lectura, no se lea este libro, ¡gózeselo!